LA CULEBRA - CAPITULO 1


 

A  C  T  O   ·   I

HAMBRE

 

C A P Í T U L O   ·   1

CUATROCIENTOS

DÓLARES

 

Una novela sobre contrabando, lealtad

y el precio de soñar demasiado alto

«Cuatrocientos cincuenta soles.

Insuficientes para todo.

Suficientes para empezar.»

 

SERGIO ESTEBAN FLORES PINAZO

Q U I P U   A N D I N O

Literatura Contemporánea Peruana

Avance exclusivo · No para distribución comercial


 


 

LA CULEBRA  ·  PARTE I  ·  HAMBRE

 

Capítulo 1

CUATROCIENTOS DÓLARES

 

Juliaca, 2000

Artemio Puma — Roxana — Justino Apaza

  ―――    ――― 

 

Cinco de la mañana y Juliaca arde bajo un aire gélido, esa inclemencia de altiplano que calcina la piel expuesta, pero deja la médula congelada. Artemio Puma no duerme, solo cuenta, obsesión heredada de su madre que contaba granos de arroz para racionar la semana. Cuatrocientos cincuenta soles en el bolsillo del pantalón Topitop que cuelga de un clavo oxidado, clavo que entró torcido en el ladrillo sin tarrajear hace tres años cuando Roxana preguntó dónde voy a colgar mi pollera y Artemio respondió martillando mal porque martillar bien requiere tiempo que un hombre que carga sacos doce horas diarias no tiene.

Cuatrocientos cincuenta soles equivalen a ciento veintisiete dólares con ochenta y cuatro centavos al tipo de cambio de ayer —tres punto cincuenta y dos, que hoy quizás sea tres punto cincuenta y uno— pero Artemio calcula con el número de ayer porque el número de ayer es certeza y el número de hoy es apuesta. Ciento veintisiete dólares significan veintitrés dólares menos que los ciento cincuenta que Justino Apaza dijo ayer que necesita para empezar en serio, hermano, con esto no vas a ningún lado, veintitrés dólares de diferencia entre un cargador que morirá siendo cargador y un hombre que quizás —solo quizás— no muera con la espalda rota a los cincuenta años.

Roxana duerme a su lado, su vientre con el bebé sube y baja con la respiración pesada de una mujer que carga un peso invisible pero más real que los sacos que Artemio carga en el mercado. Samuel todavía no nace, pero Artemio ya cuenta por él, ya calcula cuánto costará el parto en el hospital, ya proyecta cuántos pañales necesitará por mes, ya traduce amor futuro a suma presente porque en Juliaca el amor se mide en soles que no tienes y en dólares que necesitas conseguir de alguna manera.

Las paredes de ladrillo sin tarrajear muestran manchas de humedad que dibujan mapas de países que no existen, países donde quizás la pobreza tenga otra forma, otra textura, otro olor que no sea este olor a kerosene barato y a orín filtrado desde el baño compartido del pasillo. La ventana rajada está cubierta con periódico donde el titular dice: «Fujimori niega acusaciones sobre…» El resto del titular se perdió hace meses, arrancado por el viento que se cuela por la rajadura, pero el resto no importa porque Fujimori también negó y Fujimori también cayó, y eso es lo único que Artemio entiende de política peruana: que todos niegan hasta que no pueden negar más, y entonces caen, y los que caen son reemplazados por otros que también negarán y también caerán, en ciclo perpetuo que nunca toca a Juliaca porque Juliaca ya está tan abajo que caer más es imposible.

Sobre el colchón en el piso hay cuatro frazadas apiladas, frazadas de lana sintética compradas en el mercado a quince soles cada una hace dos años, cuando todavía tenían ilusión de que cuatro frazadas serían suficientes para la helada de Juliaca. Nunca son suficientes. La rigidez que Artemio siente no se quita con lana, no se quita con frazadas, no se quita cerrando ventanas que de todas formas están rajadas y cubiertas con periódico. El entumecimiento que Artemio siente se quita con plata, con dinero suficiente para pagar habitación en edificio con ventanas que cierran bien, con calefacción eléctrica que funcione, con frazadas de lana de alpaca auténtica que cuestan doscientos soles cada una y que Artemio vio una vez en tienda del centro donde entró por error creyendo que era tienda normal y salió avergonzado cuando la vendedora lo miró de arriba abajo evaluando su ropa barata y decidió que no valía la pena atenderlo.

  ―――    ――― 

Artemio cierra los ojos no para dormir —el sueño se fue hace tres horas cuando despertó con la certeza de que hoy es el día, de que ya no puede postergar más— sino para calcular mejor, para repasar los números una vez más, para asegurarse de que la ecuación cierra aunque sabe que la ecuación nunca cierra completamente, que siempre hay variables que no controló, riesgos que no calculó, posibilidades de fracaso que prefiere no imaginar. Pero en la oscuridad detrás de sus párpados aparece Puquina, aparece como aparece siempre que Artemio intenta no pensar en Puquina, como aparece en pesadillas recurrentes donde el río seco se vuelve más seco y su madre lava ropa en un charco cada vez más pequeño hasta que el charco desaparece completamente y su madre sigue fregando de todas formas, fregando aire, fregando tierra seca, fregando la ilusión de que lavar ropa ajena eventualmente pagará lo suficiente para dejar de lavar ropa ajena.

Artemio tenía diez años y el río Tambo llevaba tres años seco, tres años desde que la sequía empezó y nunca terminó, tres años desde que los campesinos de las partes altas desviaron el agua para sus cultivos y los de las partes bajas se quedaron con lecho rocoso y promesas gubernamentales que nunca se cumplieron. Su madre lavaba ropa en un charco color sangre seca del tamaño de una palangana Honda, palangana que compró con la plata ganada lavando ropa ajena, círculo perfecto que Artemio niño no entendía todavía: lavas ropa para comprar palangana para lavar más ropa para eventualmente comprar otra palangana cuando la primera se rompa.

—Artemio —decía su madre sin dejar de fregar, con manos agrietadas hundiéndose en agua turbia que olía a tierra que se rinde—. Tienes que estudiar. No seas cargador como tu padre.

Pausa. Fregaba más fuerte, como si la intensidad del fregado pudiera cambiar realidad que ya estaba escrita.

—No seas como tu padre.

Artemio niño no respondía, solo sostenía ropa mojada que pesaba más que él, brazos temblando, pero sin soltar porque soltar sería admitir debilidad y debilidad es lujo que pobres no tienen. Su padre dormía bajo un algarrobo sin hojas, sombra que no da sombra, botella vacía Cristal rodando en tierra con sonido de vidrio contra piedra —sonido que Artemio escuchará en pesadillas veinte años después sin recordar por qué le aterra.

El agua del charco huele a tierra que se rinde. La promesa de su madre huele igual.

Artemio abre los ojos. Cuatro y media de la madrugada en Juliaca, cuarto de tres por cuatro, Roxana durmiendo, Samuel sin nacer. Y Artemio ya es cargador como su padre, solo que ahora va a cargar otra cosa. Se levanta sin hacer ruido, piso de cemento helado contra pies descalzos. Se mira en el espejo rajado que cuelga de un clavo, espejo que refleja rostro fragmentado: delgado, pómulos marcados, ese hueco en la sonrisa donde debería estar el incisivo que dejó en cancha de Puquina a los dieciséis cuando Toño Mamani lo codeó por un balón que no valía nada pero que en ese momento valía todo porque el fútbol era única manera de escapar, aunque fuera dos horas, de Puquina que te recuerda cada día que naciste pobre y morirás pobre. Toca el hueco con la lengua, hábito de diez años, medir ausencia.

Se viste con jean Topitop —cierre se traba, lo fuerza, cierre cede— y polo Nike falso con mancha de grasa en el hombro que no sale, aunque Roxana frote con detergente Bolívar tres veces, porque detergente bueno cuesta ocho soles y detergente Bolívar cuesta dos cincuenta y la diferencia son cinco soles con cincuenta que pueden ser tres días de pan. Las zapatillas Converse tienen la suela despegándose en el talón izquierdo, camina raro cuando llueve para que no entre agua. Todos en Juliaca caminan raro por alguna razón: suela rota, rodilla mala, tobillo torcido en calle sin asfaltar, espalda quebrada de cargar sacos desde los catorce.

Cuenta dinero otra vez. Tres billetes de cien, dos de cincuenta, cinco de diez: cuatrocientos cincuenta soles. Separa cien para dejar a Roxana y los pone debajo de la imagen del Señor de Huanca en la repisa improvisada —tabla sobre ladrillos— donde también hay foto de boda con trajes prestados y sonrisas que todavía creían que las cosas mejoran. Trescientos cincuenta soles para llevar, insuficientes para todo, suficientes para empezar.

Sale al pasillo. Oye toses, ronquidos, llanto de bebé de familia del tercer cuarto. Nueve familias en casa compartida, nueve versiones del mismo fracaso sostenido como edificio a punto de caer pero que nunca cae porque caer sería liberación y liberación es lujo que pobres no tienen.

Mercado Internacional, seis y cuarto de la mañana. Artemio llega caminando —veinte minutos a pie para ahorrar un sol de moto taxi, un sol que antes no importaba pero que ahora es diferencia entre comer dos veces o una vez, y Roxana comiendo una vez significa Samuel naciendo con bajo peso, y bajo peso significa hospital público Materno Infantil donde enfermeras gritan y médicos no llegan y mujeres paren en pasillos porque las salas están llenas y el horror se normaliza porque normalizar es única manera de sobrevivir el horror.

El mercado no lo recibe, lo golpea. Olor primero: orines fermentados en la esquina donde Máximo Chura meó anoche —Artemio lo vio, Máximo tambaleándose, cierre bajándose, chorro golpeando pared, Máximo murmurando perdón, San Judas Tadeo, perdón porque en Juliaca hasta los borrachos piden perdón a santos que dejaron de escuchar hace décadas. Plástico nuevo chino oliendo a fábrica de Shenzhen, a petróleo procesado por niños de doce años que ganan dólar por día fabricando mochilas piratas mientras Artemio pretende que comprar su producción a tres dólares y venderla a doce es negocio justo y no explotación transferida tres niveles hacia arriba hasta que la culpa se diluye en cadena tan larga que nadie es responsable. Salchipapas rancias en aceite recalentado veinte veces. Y debajo de todo —debajo de orín y plástico y aceite— olor metálico de billetes contados mil veces, billetes sucios que pasaron por mil manos sudadas y que llevan en la tinta olor de toda la desesperación de Juliaca concentrada en rectángulo de papel que el Banco Central del Perú imprime en Lima sin saber que en Juliaca ese papel significa diferencia entre vivir y morir, aunque ambas opciones se parezcan tanto que a veces es difícil distinguir.

Artemio respira profundo. Error. El olor entra, se queda, no sale, aunque exhales, como decisión que no se deshace, aunque te arrepientas.

Luego el sonido: huaynos en parlantes rivales, Savia Andina desde el puesto de ropa de doña Estela, Los Kjarkas desde el puesto de zapatos de Julián Apaza, Pasión Andina desde electrodomésticos de Chen Wei —chino de segunda generación que habla quechua mejor que español y que lleva treinta años vendiendo licuadoras Oster falsas con garantía de tres meses porque tres meses es suficiente para que el comprador olvide dónde compró y regrese a comprar otra cuando la primera se malogra. Pregones en quechua, aymara, español mezclado: ¡Llusk'a, llusk'a! ¡Barato, barato!, ¡Pasa, mamita, tres por diez soles!, ¡Celulares Samsung, llévelo ahora, garantía un mes! Bocinas de camiones Toyota Dyna descargando mercadería, cortinas metálicas enrollándose con estruendo de hierro contra hierro, radio transmitiendo noticias sobre conflicto en Ilave que nadie escucha porque Ilave está a cincuenta kilómetros y cincuenta kilómetros es otro país cuando tu país cabe en dos kilómetros cuadrados de mercado donde vendes para comer hoy sin pensar en mañana.

Artemio camina entre pasillos estrechos. Cables eléctricos cuelgan como telarañas —instalaciones ilegales hechas por Edwin Mamani que cobra cincuenta soles por conexión clandestina y que lleva quince años sin que nadie lo denuncie porque todos usan su servicio y denunciar a Edwin es denunciarse a todos. Toldos remendados llevan logos falsos: SONY, SAMSUNG, HP. Cajas apiladas hasta tres metros en equilibrios que desafían física pero no codicia. Charcos iridiscentes: aceite, agua, detergente mezclados creando arcoíris tóxico que niños saltan jugando sin saber que están saltando veneno.

Un niño de ocho años carga una caja más grande que él. Artemio lo conoce, es hijo de Rubén Ccahuana. Rubén murió hace tres meses —infarto a los cuarenta y dos cargando sacos en camión— y ahora el hijo carga porque la viuda no puede y porque cargar es única herencia que los pobres dejan: capacidad de soportar peso que te mata despacio.

  ―――    ――― 

Artemio llega al puesto de Justino Apaza. Puesto esquinero de tres metros por dos, impresoras Epson apiladas, cartuchos HP en cajas de cartón, cables USB enredados como serpientes. Todo funciona, nada es original. Justino Apaza fuma Hamilton sin encenderlo, tic de quince años desde que el doctor en hospital de EsSalud le dijo una semana más fumando y el pulmón colapsa, señor Apaza, tiene que elegir entre cigarrillo y vida y Justino eligió vida, pero las manos no saben qué hacer sin cigarro entonces sostiene cigarro apagado como rosario roto que todavía reza, aunque Dios dejó de contestar.

Ve a Artemio. No dice hola, no pregunta cómo estás, no hace teatro. Solo:

—¿Trajiste?

Artemio saca el fajo, cuatrocientos cincuenta soles, billetes arrugados que huelen a sudor de espalda donde los guardó anoche debajo de la camisa temiendo que Roxana despierte y pregunte qué es eso y Artemio tenga que mentir o decir verdad, y ambas opciones terminen mal porque mentira construye muro y verdad destruye puente, y entre muro y puente Artemio elige muro porque muro al menos protege, aunque aísle.

Justino no los cuenta, los mira. Cálculo mental instantáneo de hombre que lleva veinte años convirtiendo soles a dólares a gramos a riesgo a ganancia a sobrevivencia.

—Ciento veintisiete.

No es pregunta, es sentencia.

—Necesito veintitrés más —dice Artemio.

Justino sigue fumando cigarro apagado, mira a Artemio largo rato evaluando. No dinero, hombre. Si este hombre va a correr cuando vea pastor alemán olfateando, si este hombre va a llorar cuando policía extienda palma, si este hombre va a regresar de primer cruce o si va a quedarse en Desaguadero vendiendo mercadería al boliviano que ofrezca más y mandando a Justino a la mierda con sus veintitrés dólares prestados que nunca verá de vuelta.

—Te presto veintitrés.

Pausa.

—Pero socios.

—¿Socios?

—Cincuenta-cincuenta en ganancia. Este viaje y los siguientes tres. Después cada uno por su lado.

Artemio calcula: ganancia proyectada primer viaje cuatrocientos veinte dólares, cincuenta por ciento doscientos diez, cuatro viajes ochocientos cuarenta dólares, ochocientos cuarenta dólares igual a dos mil novecientos cincuenta y cuatro soles, dos mil novecientos cincuenta y cuatro soles igual a seis meses de lo que gana cargando. Menos de lo que esperaba, más de lo que tiene, más de lo que tendrá si sigue cargando hasta que la espalda se quiebre.

—¿Y si pierdo mercadería?

Justino sonríe sin humor, sonrisa de hombre que vio gente perder mercadería y que sabe que perder mercadería es eufemismo para perder todo: dinero, reputación, posibilidad de cruzar de nuevo, posibilidad de salir del hoyo.

—Si pierdes mercadería, hermano, vas a tener problemas más grandes que devolverme veintitrés dólares.

Pausa.

—Vas a tener problema de explicarle a Chen Wei por qué su mercadería no llegó. Y Chen Wei no acepta disculpas, solo acepta resultados o plata. Y si no tienes resultados ni plata…

No termina la frase, no necesita. Silencio cargado de historias que ambos conocen: tipos que no entregaron mercadería y que aparecieron semana después en comisaría acusados de robo con pruebas sembradas, tipos que desaparecieron y que nadie preguntó por ellos porque preguntar es meterse en asuntos que no conviene, tipos que pagaron deuda con interés que creció como tumor hasta que vendieron casa y aun así no alcanzó.

Huayno de fondo, Valicha sonando en parlante rajado. Artemio conoce la letra: «Valicha, flor de retama, vas dejando tu fragancia al pasar.» Canción de amor, canción de pérdida, canción que no tiene nada que ver con el momento presente pero que el cerebro registra de todas formas como banda sonora de decisión que no tiene reversa porque las decisiones importantes nunca tienen reversa, aunque pretendan que sí.

—Socios —dice Artemio.

Justino extiende la mano, mano con callos en palmas en las mismas posiciones que la mano de Artemio, callos de cordel, callos de sacos, callos de cargar lo que sea necesario para no morir por más que cargar te mate despacio. Artemio la estrecha. Y en ese apretón —duración tres segundos, presión firme pero no excesiva, temperatura manos frías de Juliaca que nunca se va— Artemio cruza frontera que no está en mapa, frontera entre hombre honesto que muere pobre y hombre deshonesto que quizás —solo quizás— no muera pobre, aunque muera de otras formas.

—Primera combi sale a las cinco —dice Justino—. Terminal Sur. Pregunta por Edgar Vilca. Dile que vas de mi parte. Él te explica cómo cruzar sin llamar atención.

—¿Edgar?

—Mi hermano. Lleva veinte años en esto. Conoce cada policía de cada control. Sabe cuándo revisar y cuándo no revisar. Sabe leer a la gente. Si alguien puede enseñarte a no caer, es él.

Pausa. Guarda el cigarro apagado en el bolsillo de la camisa.

—Aunque no caer es relativo, ¿no? Todos caemos eventualmente. Solo que algunos caen más despacio y con más plata en el bolsillo.

Justino se va caminando entre puestos sin voltear, espalda encorvada de hombre que cargó demasiado tiempo y que ahora camina como si todavía cargara, aunque vaya con manos vacías. Y Artemio se queda ahí con la mano todavía caliente del apretón, con el fajo todavía en el bolsillo sumado a los veintitrés dólares prestados que convirtieron ciento veintisiete en ciento cincuenta, con la palabra todavía resonando en oídos: socios. Palabra que suena a oportunidad pero que huele a trampa.

  ―――    ――― 

Artemio camina por el mercado sin rumbo fijo. Necesita procesar, necesita que las manos dejen de temblar, necesita convencerse de que la decisión que acaba de tomar es correcta, aunque sabe que correcta e incorrecta dejaron de significar algo hace rato. Pasa frente al puesto de doña Estela, sesenta años vendiendo ropa, polleras de bayeta, chullos de alpaca, chompas tejidas a mano. Doña Estela lo mira, lo conoce desde que Artemio tenía doce años y venía al mercado con su madre a vender quesos de Puquina que nunca se vendían porque los quesos de Juliaca eran más baratos y la calidad no importa cuando la billetera está vacía.

—Artemio. ¿Vas a viajar?

—Sí, doña.

—¿A dónde?

Artemio duda. Mentir o decir verdad. En Juliaca todos saben todo eventualmente, mentir solo retrasa lo inevitable.

—A Bolivia.

Doña Estela asiente sin sorpresa, sin juicio, solo aceptación de que esto es lo que hacen cuando no hay más opciones.

—Ten cuidado, hijo. La frontera come a los que cruzan con miedo.

—¿Y los que cruzan sin miedo?

Doña Estela sonríe, sonrisa triste de mujer que vio generaciones enteras cruzar y no regresar o regresar cambiadas.

—Esos la frontera los devora más rápido. Porque sin miedo cruzas descuidado. Y descuidado es como mueres.

Artemio no sabe qué responder. Doña Estela vuelve a su tejido, agujas de metal haciendo clic-clic-clic, sonido hipnótico, sonido que dice: la vida continúa, cruces o no, tengas miedo o no, sobrevivas o no.

 

La frontera come a los que cruzan con miedo.
Y a los que cruzan sin miedo los devora más rápido.

 

Siete de la noche. Habitación. Vela derritiéndose —última del paquete de seis que compraron hace dos semanas en la bodega de don Teodoro y que Roxana administra como si fueran dólares: una vela igual a dos noches, apagar a las nueve en punto, no desperdiciar porque desperdiciar vela es desperdiciar plata es desperdiciar comida es desperdiciar futuro.

Roxana sirve sopa, caldo de hueso de res con papa amarilla y un pedazo de pollo que compró esta tarde en la sección de carnes del mercado con los cincuenta soles que Artemio le dejó esta mañana diciendo para la casa sin especificar de dónde salieron esos cincuenta, aunque ambos saben que salieron del fajo de cuatrocientos cincuenta que ayer no existía y que mañana va a desaparecer convertido en mercadería que cruzará frontera en bolso verde que todavía está vacío pero que ya pesa.

Artemio come despacio, la sopa quema la lengua. Buena señal, significa que hay kerosene suficiente para calentar bien. La semana pasada comieron sopa tibia porque el kerosene se acabó y el kerosene nuevo costaba ocho soles y ocho soles eran diferencia entre comer tres días más o dos, y Roxana eligió tres días con sopa tibia sobre dos días con sopa caliente porque la matemática de la pobreza no permite lujos térmicos.

Roxana no come, mira el plato, cuchara en mano derecha sin moverse.

—¿Cuándo viajas? —pregunta sin levantar la vista.

—Mañana.

—¿A dónde?

Artemio mastica papa, papa que Roxana peló con cuchillo sin filo porque el cuchillo bueno se lo robaron hace cuatro meses cuando entraron a robar al cuarto de abajo y se llevaron el cuchillo Tramontina y la radio Philco y la ilusión de que este edificio tenía algo que valiera la pena robar.

—Arequipa.

Roxana levanta la vista. Ojos secos, sin lágrimas todavía. Peor que lágrimas porque las lágrimas eventualmente se secan, pero los ojos secos pueden permanecer secos para siempre.

—No me mientas mal, Artemio. Si vas a mentir, hazlo bien. Miénteme diciendo que vas a conferencia de cargadores. Que alguien te invitó a dar charla. Que tienes reunión importante con empresario que quiere contratarte. No me insultes diciendo Arequipa como si yo fuera tonta y no supiera que Arequipa es código para Bolivia y Bolivia es código para problema.

Silencio. La vela chisporrotea, cera cayendo en el plato de lata que sirve de candelero improvisado. Clic-clic-clic de cera contra metal, como reloj, como cuenta regresiva.

—Voy a Bolivia —dice Artemio.

—¿A traer qué?

—Mercadería.

—¿Qué tipo de mercadería?

—Cartuchos de impresora.

—¿Legales?

Artemio no responde. Responder sería confirmar, no responder es confirmar también. Pero no responder deja espacio para que Roxana finja que no sabe, aunque sabe, para que Artemio finja que no dijo, aunque dijo, para que ambos finjan que esta conversación nunca pasó, aunque pasará mil veces más en los próximos años hasta que fingir se vuelva más real que realidad.

—¿Cuánto vas a traer?

—Cien cartuchos.

—¿Cuánto cuesta cada uno?

—Tres dólares allá. Doce acá.

Roxana calcula. Silencio de diez segundos donde el cerebro hace sumatoria que duele: cien cartuchos por tres dólares igual a trescientos dólares de inversión, cien cartuchos por doce dólares igual a mil doscientos dólares de venta bruta, mil doscientos menos trescientos igual a novecientos dólares de ganancia teórica, pero Artemio es socio con Justino cincuenta-cincuenta igual a cuatrocientos cincuenta dólares reales, cuatrocientos cincuenta dólares igual a mil quinientos setenta y cinco soles al tipo de cambio actual, mil quinientos setenta y cinco soles igual a tres meses de lo que Artemio gana cargando, tres meses en un viaje de dieciséis horas.

—¿Y si te agarran?

—No me van a agarrar.

—Todos dicen eso.

—No soy todos.

Roxana suelta la cuchara, golpe metálico contra el plato que resuena en el cuarto pequeño.

—Artemio. Mírame.

Artemio levanta la vista. Ojos de Roxana brillando con reflejo de vela, cara de mujer de veintitrés años que parece treinta porque la pobreza envejece rápido.

—No somos diferentes. Tú no eres diferente. Yo no soy diferente. Somos exactamente iguales a todos los que viven en esta casa, en esta calle, en esta ciudad de mierda. Todos pobres, todos sobreviviendo, todos haciendo cosas que juramos que nunca haríamos cuando teníamos quince años y creíamos que estudiar era suficiente para escapar.

Pausa.

—Mi mamá me dijo cuando tenía dieciocho: Roxana, cásate con hombre honesto. Aunque gane poco. Aunque no alcance. Prefiero que mis nietos coman frijoles con padre honesto que carne con padre ladrón.

Se toca el vientre. Samuel patea, siempre patea cuando Roxana habla fuerte, como si sintiera la tensión a través de la pared de piel y músculo y líquido amniótico.

—Y yo le dije: Sí, mamá. Yo haré eso.

Lágrimas finalmente, sin sonido, solo agua bajando por las mejillas.

—Y te elegí porque trabajabas duro. Porque cargabas sacos desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche. Porque llegabas a casa con olor a sudor honesto, sudor de trabajo legal, sudor que podías contar a tu hijo con orgullo.

Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.

—¿Y sabes qué descubrí? Que sudor honesto no paga hospital. Que trabajo duro no sirve si tu hijo nace sin tener dónde. Que espalda rota no importa si igual mueres pobre. Que mi mamá tenía razón en teoría, pero estaba equivocada en práctica porque práctica es Samuel naciendo en dos meses y medio y el parto costando ochocientos soles que no tenemos y el hospital público siendo horror que no quiero para él.

Se levanta, va a la cortina que cubre la ventana, mira el Jr. Manco Cápac oscuro, farolas fundidas, perros buscando basura, borracho cantando huayno desafinado.

—Así que cuando me preguntaste hace dos semanas qué opinas si traigo mercadería de Bolivia, yo no pregunté detalles. Cuando te vi contar billetes que olían raro —como a diésel, como a miedo, como a decisiones que no tienen reversa— yo no pregunté de dónde salieron. Cuando guardaste dinero en lata de leche Gloria vacía debajo de la cama, yo no pregunté por qué escondes.

Se voltea.

—Porque no querer saber es manera de ser cómplice sin mancharse las manos, ¿no? Es manera de comer carne con padre ladrón mientras le dices a tu mamá que comes frijoles con padre honesto. Es manera de dormir tranquila sabiendo que el dinero que pagas en el colegio de Samuel viene de lugar que prefieres no imaginar.

Artemio siente el pecho rompiéndose. No dramático, no como en películas. Solo pequeña fractura interna que duele más que fractura grande porque fractura grande te obliga a gritar, pero fractura pequeña solo te obliga a callar y tragar dolor.

—Roxana…

Ella levanta la mano, deteniéndolo.

—No te disculpes. No te atrevas. Porque me insulta. Yo no soy víctima, Artemio. Soy socia. Callada, sí. Pasiva, tal vez. Pero socia al fin. Porque cada vez que cuente esos billetes para el mercado, sabiendo de dónde vienen, voy a elegir. Cada vez que me quede en casa mientras tú vas a Arequipa por negocio, sabiendo que es mentira, voy a elegir. Cada vez que le diga a mi mamá que todo está bien, sabiendo que está mal, voy a elegir.

Silencio. Largo. La vela casi consumida. Quedan quizás diez minutos de luz antes de que la oscuridad sea total.

—Solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que cuando Samuel pregunte de dónde viene el dinero, le mentimos bien. Que no sepa. No todavía. Que tenga, aunque sea diez años —no, mejor doce— creyendo que su papá es héroe. Que su papá trabaja honesto. Que su papá no cruza fronteras con mercadería sin declarar.

Pausa.

—Porque después de los doce ya no va a creer de todas formas. Después de los doce va a empezar a hacer preguntas que no vamos a poder contestar sin mentir peor. Y prefiero que tenga doce años de ilusión antes de descubrir la verdad.

Artemio no puede prometer eso, no honestamente. Porque prometer que va a mentirle bien a Samuel por doce años es prometer que va a seguir cruzando por doce años, y seguir cruzando por doce años es prometer que no va a caer, y no caer por doce años es estadísticamente imposible según todo lo que Artemio sabe sobre la culebra. Pero promete. Porque prometer mentira es la última forma de amor que le queda.

—Te lo prometo.

Roxana asiente. Se acuesta de lado, protegiendo el vientre, espalda hacia Artemio. Respiración que se estabiliza demasiado rápido para ser sueño real pero suficientemente convincente para que Artemio finja que cree. Artemio se queda sentado solo, con la vela consumiéndose, con la promesa que acaba de hacer pero que ya sabe que va a romper, con el futuro que se siente como pasado. Y entiende —con claridad que duele más que honestidad— que Roxana no es víctima. Es cómplice. Y eso es peor. Porque las víctimas tienen permiso para enojarse, para gritar, para exigir cambio. Los cómplices solo tienen permiso para callar y contar dinero y fingir que no saben.

La vela se apaga. Oscuridad total. Solo quedan sonidos: respiración de Roxana, perros ladrando afuera, motor diésel en la distancia.

Nueve de la noche. Artemio prepara el bolso verde Adidas —falso, quince soles, comprado hace tres años en el mismo mercado donde mañana venderá mercadería que hoy ni siquiera tiene, donde pasado mañana contará ganancia que convirtió frontera en línea borrosa, donde dentro de seis años firmará acta que convirtió línea borrosa en condena de dieciocho meses. Pero eso todavía no lo sabe. Todavía cree que puede cruzar una vez y ya. Todos creen eso al principio.

Mete en el bolso: foto de boda con traje prestado —sonrisas que todavía creían que las cosas mejoran—. Cepillo de dientes Colgate con cerdas dobladas hacia afuera de tanto uso porque cepillo nuevo cuesta seis soles y seis soles son dos kilos de arroz. Muda de ropa interior, calzones Fruit of the Loom que sí son originales —única prenda original que Artemio posee— porque ropa interior no se falsifica, demasiado barata para que valga la pena el esfuerzo de copiar. Pan para el camino, tres panes chuta de la panadería de doña Mercedes en el Jr. Núñez que los vende a cincuenta centavos cada uno.

Y del cajón de la repisa —tabla de madera sobre dos ladrillos King Kong que Artemio armó hace dos años con madera robada de construcción abandonada en el Jr. Lambayeque, construcción que paró cuando el constructor se quedó sin plata y que lleva dos años pudriéndose como monumento a ambición que excedió presupuesto— saca piedrecita gris, piedra de río seco de Puquina que su madre le dio cuando tenía ocho años, un día antes de que el padre se fuera definitivamente, diciendo:

Llévala siempre, hijo, para que recuerdes de dónde vienes y no te pierdas en dónde vas.

Artemio la mira. Piedra lisa, gris, del tamaño de uña de pulgar, más liviana que moneda de un sol, más pesada que todas las promesas que ha hecho y roto. La guarda en el bolsillo delantero del bolso verde no como talismán, no como protección, sino como recordatorio de que río que se seca no vuelve a llenarse solo porque desees agua, de que promesas hechas en Puquina no se cumplen en Juliaca, de que su madre tenía razón cuando dijo no seas como tu padre pero que la advertencia llegó veinte años tarde porque la genética ya estaba escrita y la pobreza ya estaba heredada y el destino ya estaba sellado.

Roxana duerme. O finge dormir tan bien que la diferencia dejó de importar. Espalda hacia él, curva de columna escribiendo mensaje que Artemio lee perfectamente: no quiero hablar más, ya dijimos todo, ahora solo queda hacer lo que dijimos que no íbamos a hacer pero que ambos sabíamos que íbamos a hacer. Artemio se acuesta junto a ella sin tocarla. Tocarla sería romper pacto silencioso de que esta noche no existe, de que mañana es solo día normal, de que la decisión ya está tomada y revisarla ahora sería crueldad innecesaria.

No duerme. Cuenta. Cuatro de la madrugada igual a una hora para levantarse sin despertar a Roxana, cinco de la mañana igual a combi sale Terminal Sur, ocho de la mañana igual a llega Desaguadero si el tráfico está bien, nueve de la mañana igual a cruza frontera en bote clandestino, diez de la mañana igual a compra mercadería en Mercado Rodríguez de La Paz, cuatro de la tarde igual a regresa a Desaguadero, cinco de la tarde igual a cruza de vuelta si policía no revisa, nueve de la noche igual a llega Juliaca si todo sale bien. Dieciséis horas. Dieciséis horas para convertirse en el hombre que su madre advirtió que no fuera. Dieciséis horas para cruzar la línea que separa el antes del después. Dieciséis horas que van a definir los próximos seis años, aunque Artemio todavía no lo sabe.

Afuera, Juliaca tiembla en su clima gélido de cuatro mil metros sobre el nivel del mar —altura que hace que los pulmones trabajen doble, que hace que el corazón lata más fuerte, que hace que cada respiración recuerde que estás viviendo en lugar donde los humanos no deberían vivir, pero viven de todas formas porque no tienen dónde más ir. Adentro, Artemio tiembla en esa helada de cero opciones, que no viene de la altura sino de la ausencia: ausencia de alternativas, ausencia de futuro que no implique espalda rota, ausencia de esperanza que no requiera cruzar fronteras.

  ―――    ――― 

Bolso verde espera en esquina del cuarto. Vacío todavía. Pero ya pesando. Como si estuviera lleno de todo lo que va a cargar en los próximos años: mercadería que cruzará fronteras, culpa que cruzará conciencia, futuro que cruzará de posibilidad a condena.

Artemio cierra los ojos. En tres horas empieza. Y cuando empieza, no para. Nunca para. Porque la culebra no perdona. Porque Juliaca no olvida. Porque los pobres no escapan. Solo cambian de jaula. Y Artemio acaba de elegir la suya.

  ―――    ――― 

 

 

Sergio Esteban Flores Pinazo · Quipu Andino

Literatura Contemporánea Peruana · Avance Exclusivo · 2026

 


 

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