LA CULEBRA - CAPITULO 2

 

 

P  A  R  T  E   ·   I

HAMBRE

 

C A P Í T U L O   ·   2

LA FRONTERA ES

UNA LÍNEA

DE TIZA

 

Una novela sobre contrabando, lealtad

y el precio de soñar demasiado alto

«La frontera no está en Desaguadero.

Está aquí. En Huancané.

En este segundo entre ver silueta de madre

y subir a la combi.»

SERGIO ESTEBAN FLORES PINAZO

Q U I P U   A N D I N O

Literatura Contemporánea Peruana

Avance exclusivo · No para distribución comercial


 

LA CULEBRA  ·  PARTE I  ·  HAMBRE

 

Capítulo 2

LA FRONTERA ES UNA LÍNEA

DE TIZA

 

Desaguadero — La Paz — Juliaca, 2000

Artemio Puma — Roxana — Esteban el barquero

  ―――    ――― 

 

Cuatro y cuarenta y cinco de la madrugada. Reloj Casio F-91W —dieciséis soles en Mercado Túpac Amaru, tres años de uso, correa rajada que Artemio pegó con Superbonder que tampoco era Superbonder sino UHU Glue reempacado en tubo falso porque incluso el pegamento es falso en economía donde lo falso sostiene lo real con fuerza suficiente para que la ilusión dure hasta que no dura— parpadea números verdes en oscuridad de cuarto sin ventana donde Roxana duerme de lado protegiendo vientre de seis meses como si posición corporal pudiera negociar con futuro que ya viene, que ya llegó, que ya está escrito en bolso verde Adidas —también falso, quince soles en Gamarra— esperando en esquina del cuarto como animal domesticado que conoce su hora de salir.

Artemio despierta treinta segundos antes de que la alarma suene. No porque configuró alarma —no la configuró— sino porque el cuerpo sabe. Cuerpo que cargó sacos de cemento Andino —cincuenta kilos cada uno, ocho horas diarias, doce soles por hora— durante cuatro años memorizó qué hora es hora de levantarse antes de que historia personal se vuelva condena generacional. Esta es esa hora.

Se levanta. Se viste en oscuridad. Pantalón jean Topitop —treinta y cinco soles en oferta, talla equivocada, cintura que aprieta pero que dejó de apretar hace seis meses cuando empezó a comer menos para ahorrar más—; camisa a cuadros sin marca —diez soles en mercado ambulante—; chompa de lana de alpaca —regalo de madre hace cinco años, única prenda real en guardarropa de falsificaciones.

Del cajón saca la piedra de Puquina. Negra con vetas rojas. Treinta y dos gramos. Su madre se la dio hace veinte años diciendo en aymara que Artemio apenas entendía: Akax chhijjxatasktwa. Esto te protegerá. O quizás dijo: Akax chhijjxaraskitwa. Esto te marcará. Diferencia de una sílaba que madre murió sin aclarar. La guarda en el bolsillo y siente peso pequeño que se vuelve enorme cuando piensas demasiado en él.

Roxana finge dormir —respiración demasiado regular, demasiado controlada— para evitar conversación que ambos saben terminaría en ella pidiéndole que no vaya o pidiéndole que vaya rápido, y no sabe cuál de las dos le duele más. Artemio se inclina. Besa la frente de Roxana. Piel fría. Olor a jabón Bolívar mezclado con olor a preocupación que no tiene precio de mercado.

Se va sin despedida, porque despedida haría real lo que ambos fingen que no es real. Afuera, Juliaca arde de frío —expresión que suena contradictoria hasta que vives en ciudad donde el clima quema piel expuesta en treinta segundos, donde la temperatura no es ausencia de calor sino presencia activa de algo más viejo que la civilización. Camina hacia el Jr. Manco Cápac. La decisión está tomada. O la pobreza eligió por él. Distinción técnica que filósofos debaten en universidades con calefacción mientras pobres caminan en oscuridad hacia fronteras que no deberían cruzar.

Terminal Sur huele a tres cosas en orden exacto de intensidad olfativa —porque la pobreza tiene jerarquía hasta en olores—: diésel quemado de combis Toyota Hiace Lux modelo noventa y ocho que el gobierno japonés donó a Perú en programa de cooperación técnica que terminó siendo japoneses deshaciéndose de vehículos que ya no pasaban inspección en Tokio; kerosene de vendedoras de café que calientan agua en cocinas Primus portátiles porque conexión eléctrica cuesta cien soles mensuales que nadie paga; humanidad acumulada de mil personas esperando combis que los lleven a fronteras donde la ley peruana termina y la ley boliviana empieza y entre ambas existe vacío donde la única ley es la del que tiene dólares para pagar el paso.

Artemio llega a las cinco y cuarto. Quince minutos antes de la salida programada porque llegar temprano es diferencia entre asiento ventana donde puede vomitar afuera si el mareo aprieta y asiento del medio donde vomita sobre piernas de señora con aguayo lleno de quesos. La combi espera. Motor apagado. Chasis inclinado hacia la izquierda —suspensión rota, reparada tres veces con repuestos chinos que duran la mitad, pero cuestan la cuarta parte. Parabrisas con calcomanía: «Virgen de Copacabana protégenos» junto a «Cuidado, retrocedo sin mirar» que es honestidad brutal de chofer que prefiere advertir antes que disculparse.

El chofer fuma en la puerta. Cincuenta años, sesenta, difícil saber la edad en rostro curtido por treinta años de manejar ruta Juliaca-Desaguadero inhalando diésel propio más diésel de cuarenta camiones que pasan diario.

—Desaguadero —dice Artemio.

No pregunta. Afirma. Porque preguntar revela duda y duda revela primera vez y primera vez te marca como objetivo de sobreprecio.

—Quince soles. Salimos a las cinco y media.

Artemio paga. Sube.

Los pasajeros se acomodan con coreografía de gente que hace este viaje cada semana: señora con pollera azul eléctrico y aguayo lleno de quesos Paria que va a vender en La Paz como «artesanales» cuando vienen de fábrica en Ayaviri; joven con caja de parlantes Xion —marca china que suena como traducción Google de «eXcellence in Sound»— que va a vender como Sony porque en el altiplano lo que importa no es qué ES sino qué PARECE; pareja de ancianos que no hablan, solo se toman de la mano con dedos entrelazados con fuerza de gente que sobrevivió cincuenta años juntos no porque se aman extraordinariamente sino porque soltar duele más que sostener. Y Artemio. El único con bolso vacío. El único con sudor helado en febrero.

Motor arranca. Radio enciende. Los Kjarkas: «Llorando se fue». Canción que madre cantaba lavando ropa ajena. Canción que Roxana tararea cuando cree que Artemio no escucha. Canción que dentro de seis años va a sonar en altavoz de comisaría de Yura mientras Artemio espera en celda provisional.

La combi arranca. Artemio apoya la cabeza en la ventana y mira afuera: Juliaca despierta —mujer lavando ropa en balde de plástico con agua que humea porque agua fría en altiplano produce vapor al contacto con aire más helado; perros flacos buscando basura en montículo que municipalidad prometió recoger hace tres semanas; niño con uniforme esperando combi escolar que llegará veinte minutos tarde como llega todos los días porque la puntualidad es privilegio de países donde el tiempo vale más que aquí.

Artemio hace lo que hace desde que tiene memoria: contar. Trescientos dólares en cartuchos HP. Setenta y cinco cartuchos. Cuatro dólares por cartucho en Bolivia. Doce dólares de venta en Juliaca. Un dólar de ganancia por cartucho antes de gastos. Menos quince de mordida en frontera —precio estandarizado, establecido hace años en reunión informal de policías peruanos y bolivianos. Menos la mitad para Justino Apaza. Treinta dólares quedan para Artemio.

Treinta dólares. Ciento cinco soles. Por dieciséis horas de trabajo que incluyen cruzar frontera ilegalmente dos veces. Pero ciento cinco soles en un día es más que doce soles por hora cargando sacos, y si cruza dos veces al mes son doscientos diez soles que sumados a ingresos de construcción suman mil trescientos mensuales. Mil trescientos soles = departamento de dos cuartos. Mil trescientos soles = Samuel en colegio particular. Mil trescientos soles = Roxana dejando de lavar ropa ajena. Mil trescientos soles = futuro que no sea copia exacta de pasado.

Las cuentas cierran. Tienen que cerrar. Porque si no cierran, Artemio está cruzando frontera no por necesidad económica sino por ambición personal y ambición personal no justifica cruzar líneas que madre advirtió que no se cruzan. Así que las cuentas cierran. Artemio las cierra. Porque la aritmética es más obediente que la ética.

Huancané. Parada técnica. Diez minutos. Artemio baja. Estira piernas. Aire gélido llena pulmones. Mira hacia atrás. La carretera de regreso a Juliaca es línea recta que se pierde en curvatura del altiplano, línea que desaparece en punto exacto donde el ichu amarillo encuentra cielo gris invitándolo a regresar como si la decisión todavía no estuviera tomada.

Ve algo moviéndose en el ichu. A cincuenta metros. Silueta. Mujer. Pollera oscura. Inmóvil. Parece su madre. Misma altura. Misma forma de pararse con cadera ladeada por años de cargar peso en un lado. Madre murió hace veinte años. Artemio vio el cuerpo. Estuvo en el velorio. Lloró. Entonces no puede ser madre. Pero es.

Levanta la mano. Gesto lento. Despedida o advertencia o bendición. Tres cosas simultáneas como tres cosas siempre son en cultura aymara.

—¡Vamos! —grita el conductor.

Artemio voltea dos segundos. Mira hacia el ichu de nuevo. La silueta desapareció. Solo queda ichu movido por viento que no se siente.

Sube a la combi. Y con ese subir —con esa decisión que dura dos segundos de levantar pie, apoyar pie, soltar baranda— la decisión que supuestamente era reversible se vuelve irreversible. No porque físicamente no puede bajarse, sino porque psicológicamente ya cruzó. La frontera no está en Desaguadero. Está aquí. En Huancané. En este segundo entre ver silueta de madre y subir a combi. Y Artemio eligió subir. Como todos eligen cuando quedarse es muerte lenta y seguir es muerte rápida, pero al menos muerte rápida tiene ilusión de movimiento.

Desaguadero no es pueblo. Es cicatriz. Marca que la frontera dejó en paisaje cuando colonizadores españoles trazaron línea arbitraria —porque todas las líneas son arbitrarias, especialmente las que dividen aymaras de aymaras— diciendo «aquí termina Perú, aquí empieza Bolivia» sin consultar con el Titicaca que estaba ahí antes que Perú, antes que Bolivia, antes que España.

Pueblo de tres mil habitantes construido sin lógica urbanística en calles sin asfaltar donde polvo rojo cubre todo con democracia perfecta: cubre casas, cubre perros, cubre esperanzas. Desaguadero huele a tres cosas: pescado podrido del Titicaca porque el lago recibe desagüe de cincuenta pueblos sin tratamiento; kerosene de vendedoras que fríen pescado que murió ayer en aceite recalentado veinte veces; orina humana acumulada en esquinas porque el baño público cuesta un sol y un sol es un sol.

Artemio baja de la combi. Ocho y treinta de la mañana. El bolso verde pesa más, aunque sigue vacío. O él lo siente así, porque los bolsos vacíos pesan según las expectativas que contienen.

Un hombre se le acerca. Sesenta años o setenta, edad imprecisa en rostro curtido por viento del lago. Chompa de alpaca con agujeros que fueron diseño y ahora son desgaste.

—¿Primera vez, hermano?

Voz rasposa. Carraspea. Flema que sube y traga. Artemio duda. ¿Cómo sabe? ¿Qué hay en su cara que dice «primera vez»?

—Sí.

Porque mentir requiere práctica que todavía no tiene.

—Mejor el bote. Cinco soles. Te deja del otro lado sin preguntas.

Señala con barbilla —sin usar las manos, porque señalar es visible y en la frontera todo lo visible es peligroso— hacia la izquierda donde el río se curva.

Artemio mira hacia el puente oficial. Lo ve a doscientos metros. Hay fila: treinta personas. Dos controles: PNP peruano, Policía Boliviana. Los agentes revisan mochilas. Preguntan. Anotan. Todo toma tiempo. Todo deja registro. Todo es luz. Luz que delata. Luz que documenta. Luz que Artemio no puede permitirse.

—¿Dónde?

—Sígueme.

Y lo sigue. Por sendero de tierra que bordea el río. Sendero que mil hombres antes que ellos siguieron. Sendero que no está en mapa oficial pero que está marcado en tierra compactada de mil cruces anteriores. Cada paso es como caminar voluntariamente hacia precipicio que ve desde lejos pero que camina hacia él de todas formas porque el precipicio es la única salida visible cuando estás en meseta rodeada de muros que el Estado construyó.

El sendero se estrecha. Artemio mira hacia atrás una última vez. Ve el puente oficial. Ve gente cruzando con papeles. Con normalidad. Con cara de quien hace algo que puede contar en almuerzo familiar sin bajar la voz. Él elige la sombra. No porque prefiere la sombra, sino porque la sombra lo elige a él. Distinción técnica que el juez no aceptará en seis años pero que ahora usa como anestesia moral que le permite seguir caminando.

Llegan a orilla donde el río se curva. El barquero está ahí. Como si esperara. Como si siempre esperara. Como si llevara cuarenta años esperando a hombres exactos como Artemio que eligen sombra creyendo que eligen cuando en realidad obedecen.

Sesenta años. Setenta. Ochenta. Edad imprecisa, pero vejez precisa. Rostro que el viento del lago talló durante décadas. Aymara puro. Silencio puro. Rostro sin expresión que podría ser desprecio o indiferencia o cansancio de ver el mismo error repetido mil veces. Pero hay detalle que Artemio nota: cicatriz en dorso de mano derecha. Quemadura vieja. Circular. Del tamaño exacto de moneda de un sol. Piel brillante. Estirada. Como si alguna vez hubiera sostenido algo caliente demasiado tiempo. Como si hubiera elegido el dolor sobre soltar. Como si él también hubiera hecho mal cálculo de qué vale la pena sostener. Como si él también hubiera cruzado. Y nunca regresó.

El barquero no pregunta nada. Solo señala con la cabeza: Siéntate. Gesto mínimo. Economía de movimiento de hombre que aprendió que las palabras son exceso que la frontera no necesita.

El bote es de metal oxidado pintado de azul hace décadas —pintura que alguna vez fue azul eléctrico y ahora es azul-gris. Cuatro tablones como asientos con nombres tallados: «Carlos 1987», «Juana + Miguel», «Dios proveerá» escrito en letra de niño. Huele a pescado muerto y agua estancada. Huele a transacciones ilegales de mil hombres anteriores. Huele a frontera.

Artemio vacila en la orilla. Este es el momento. Último momento donde podría decir «me arrepentí» y el barquero entendería sin juzgar porque ha visto hombres arrepentirse en último segundo, ha visto hombres elegir pobreza honesta sobre riqueza con olor que nunca se lava. Pero Artemio piensa en Roxana. En vientre de seis meses. En Samuel que va a nacer preguntando con existencia: ¿Por qué nací en casa donde el viento entra por ventanas que no cierran? Sube.

El bote se mece. Agua contra metal. Sonido hueco que suena como promesa que no se puede cumplir. Se sienta en tablón del medio. El que dice «Juana + Miguel». Se pregunta si Juana y Miguel siguen juntos. Si el amor sobrevive frontera o si la frontera mata amor como mata otras cosas. Bolso verde entre piernas. Abrazado. Como bebé. Hago esto por Samuel. Por Samuel. Por Samuel. Mantra que repite hasta que la palabra pierde significado. Hasta que el nombre se vuelve sonido vacío. Hasta que la justificación se vuelve ruido.

El barquero empuja el bote con pala de madera vieja —rajada en tres lugares, amarrada con cordel de nylon. La pala entra en el agua sin ruido. Agua turbia. Color verde-café-gris. No transparente sino opaca como verdad que no quieres ver pero que está ahí, flotando, esperando. Huele a metal oxidado. A monedas viejas. A sangre diluida en siglos de cruces idénticos.

Artemio mira al fondo del agua. El corazón late más fuerte. Late anunciando. Late como bombo aymara que celebra y advierte simultáneamente.

Ve algo moviéndose bajo la superficie. Forma. Rostro. Mujer con pelo largo flotando como algas del Titicaca. Ojos abiertos. Blancos. Sin pupilas. Mirándolo. Sonríe. Dientes blancos contra agua oscura. Dientes perfectos excepto uno que falta. Colmillo izquierdo. Como falta el colmillo izquierdo de Artemio que perdió hace tres años en pelea con capataz que no le pagó tres días de trabajo y que Artemio nunca reparó porque el dentista cotizó cuatrocientos soles. El mismo colmillo. Exactamente el mismo. Como espejo. Como si la criatura en el agua tuviera su colmillo. O como si Artemio estuviera viendo su propio reflejo desde futuro donde está muerto, donde está en fondo del río, donde está sonriendo con dientes que ya no tiene.

Qhaqña. Sirena del Titicaca que madre contaba cuando Artemio tenía cinco años. Historias sobre mujer que vivía en profundidad del lago antes de que el agua llenara la cuenca, cuando la cuenca era valle verde con ciudad que pecó y Pachamama castigó llenando el valle con agua durante cuarenta días, ahogando a sus habitantes, convirtiéndolos en qhaqñas que ahora habitan la profundidad esperando que los vivos cometan el mismo error para arrastrarlos abajo.

Artemio creía que eran cuentos. Ahora entiende —tarde, siempre tarde— que los monstruos en los cuentos no son metáforas sino memorias. Memorias de lago que recuerda lo que las personas olvidan. Qhaqña no es criatura fantástica. Es reflejo. Reflejo de lo que vas a ser. De lo que ya eres. De lo que siempre fuiste, pero fingías no ser.

Artemio cierra ojos con fuerza. Cuenta hasta diez. Respiración irregular: inhala cuatro, exhala dos, patrón roto. Abre ojos. El rostro desapareció. Solo queda agua turbia moviéndose con el remo.

El barquero habla. Primera vez. Única vez. Voz ronca como piedra frotando piedra.

—Uywanak sipansa.

Aymara. Artemio reconoce que es aymara, pero no entiende la lengua completa. Reconoce algunas palabras: uywa es animal, sipan suena como matar. El tono es claro. No es bendición. No es despedida. Es advertencia. O confirmación. O ambas.

—¿Qué?

Silencio. El barquero no repite. No traduce. Simplemente rema. Porque algunas palabras solo se dicen una vez. Y si no entiendes la primera vez, no importa. Las vas a entender eventualmente. Cuando sea tarde para que la comprensión sirva de algo. Cuando estés en comisaría de Yura con esposas de acero inoxidable fabricadas en Taiwán apretando las muñecas.

El bote toca la orilla boliviana. Metal raspa piedra. Artemio baja. Piernas temblorosas. Barro boliviano en zapatos peruanos. Técnicamente está en otro país. Técnicamente cruzó. Técnicamente cometió delito de evasión migratoria que se castiga con multa o prisión. Pero técnicamente también está salvando a Samuel. Técnicas que el Estado no reconoce porque el Estado no tiene categoría para «crimen por necesidad» en el código penal.

El barquero extiende la mano. Cinco soles. Artemio paga. La mano del barquero —callosa, áspera— toma el billete sin mirarlo. Ya lo contó con el tacto. Se da vuelta. Empuja el bote de regreso. Sin despedida. Sin consejo. Porque el barquero no está para ser consejero. Solo para ser testigo silencioso de mil hombres que cruzaron el río creyendo que cruzaban hacia futuro mejor cuando en realidad cruzaban hacia futuro peor.

Artemio empieza a caminar hacia La Paz. Mira hacia atrás una última vez. Río. Bote. Barquero remando. Y en el agua, por un segundo, ve el rostro de nuevo. Qhaqña. Sonriendo. Con su diente faltante que es su diente. Colmillo izquierdo. Exactamente igual. Como espejo. Como presagio. Como promesa. Voltea. Sigue caminando. Porque mirar atrás es lujo que hombre que cruzó frontera no puede permitirse.

La Paz aparece después de tres horas. Ciudad construida en cráter gigante rodeado de montañas. Casas de ladrillo rojo apiladas en laderas con ángulos que desafían la gravedad. Calles que son escaleras. Escaleras que son calles.

Mercado Rodríguez. Tres pisos de comercio informal en edificio que alguna vez fue estación de tren. Olor a comida frita mezclada con plástico nuevo mezclada con falsificación. Templo de lo falso. Aquí todo es copia. Todo finge ser lo que no es. Y nadie finge que no está fingiendo porque fingir que finges es redundancia que economía informal no puede permitirse.

Justino Apaza está en el tercer piso. Puesto 347. Treinta y ocho años. Barriga de hombre que come regular. Camisa polo Lacoste falsa. Cocodrilo bordado al revés porque la fábrica china copió el diseño de foto en espejo. Ve a Artemio. No sonríe. No saluda.

—Llegaste.

—Llegué.

—¿Cruzaste bien?

—En bote.

Justino asiente. Desaparece detrás de cortina. Regresa con caja de cartón. Sello de aduana china visible: 深圳 — Shenzhen.

—Setenta y cinco cartuchos HP 564XL. Tres dólares cada uno. Total: doscientos veinticinco.

Artemio paga. Justino cuenta de nuevo. Coinciden. Mete los cartuchos en el bolso verde. Setenta y cinco cartuchos pesan exactamente kilo quinientos.

—Quince dólares al policía peruano. Setenta bolivianos al boliviano. No regatees. Cantidad exacta. Así funciona.

—¿Y si hay inspector nuevo?

—No hay. Turno de tarde es siempre Gutiérrez y Mamani. Doce años en el mismo puesto.

Justino sabe estos datos porque lleva veinte años cruzando.

—Cualquier problema, me llamas.

—Gracias.

—No es favor. Es negocio. Tú cruzas bien, yo gano. Tú caes, yo pierdo contacto.

Honestidad brutal de economía informal donde nadie finge que la amistad importa más que el negocio.

El regreso es idéntico a la ida, pero al revés y más rápido porque ahora Artemio conoce la ruta. Minibús a Desaguadero: tres horas. Cruce en bote: tres minutos que parecen tres horas. El barquero es el mismo. Rema sin hablar. Artemio no ve a la qhaqña esta vez. O la ve, pero no la reconoce. O ya está tan dentro que la qhaqña ya no necesita mostrarse.

Toca orilla peruana. Cinco soles al barquero. Camina por sendero paralelo donde el policía espera. Gutiérrez. Cuarenta y dos años. Barriga. Bigote. Uniforme azul sin planchar. Ve a Artemio. Extiende la mano. Artemio saca quince dólares. Gutiérrez los toma sin contar. Los guarda en bolsillo de pantalón con cremallera.

—Pasa.

Y con ese pasar —con esa transacción de quince dólares que duró cuatro segundos— Artemio acaba de cruzar frontera ilegalmente con mercadería ilegal pagando mordida a autoridad corrupta. Triple crimen en cuatro segundos. Pero crimen que ya se siente normal. Porque este es el segundo cruce. Y el segundo cruce es cuando el crimen deja de sentirse como crimen y empieza a sentirse como trabajo.

Combi de regreso a Juliaca: cuatro horas. Artemio cuenta kilómetros, cuenta curvas, cuenta camiones que pasan. Cuenta todo porque contar distrae de pensar y pensar conduce a pregunta que no quiere contestar: ¿Qué estoy haciendo? Y la respuesta es: exactamente lo que dije que no haría. Pero la respuesta también es: alimentando a Samuel. Entonces pregunta y respuesta se cancelan y queda solo la acción: seguir.

Nueve de la noche. Artemio llega a casa. Jr. San Martín oscuro. Luz pública apagada hace una semana. Solo luz viene de ventanas. Velas. Linternas. Abre la puerta. Vela de esperma prendida en la mesa. Roxana sentada. Esperando. No lee. No teje. Solo espera con manos sobre vientre de siete meses donde Samuel duerme sin saber que el padre acaba de regresar de Bolivia con delito. Levanta la vista. Los ojos no preguntan. Los ojos ya saben.

—Llegaste.

—Llegué.

Silencio. Largo. La vela chisporrotea.

—¿Trajiste?

Artemio asiente. Levanta el bolso. Roxana mira el bolso. No lo toca. Como si tocarlo fuera contaminarse.

—¿Cuánto vas a ganar?

—Mil soles. Aproximadamente.

Roxana no responde inmediatamente. Mira la vela. Fuego pequeño bailando.

—Mil soles.

No es pregunta. Es afirmación que prueba que mil soles es más que lo que Artemio gana en mes cargando cemento. Que mil soles es pago de parto más primeros pañales. Que mil soles es motivo suficiente o motivo insuficiente dependiendo de cómo calcules el valor de no ir a la cárcel.

—Artemio.

Voz suave. Peligrosamente suave.

—Vamos a hablar claro. Una vez. Solo una vez. Después de esto, no volvemos a hablar del tema. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Roxana se levanta. Va a la ventana. Mira el Jr. San Martín oscuro.

—Yo sé lo que hiciste. Cruzaste a Bolivia. Compraste mercadería ilegal. Pagaste mordida. Trajiste mercadería sin declarar. Vas a vender sin factura. Vas a ganar mil soles que el Estado no va a ver.

Se voltea.

—Y yo voy a tomar esos mil soles. Los voy a usar para comprar pañales. Para pagar el parto. Para comprar leche cuando la mía no sea suficiente.

Pausa.

—¿Sabes qué significa eso?

Artemio no responde porque la respuesta es obvia.

—Significa que soy cómplice. Que cada sol que gaste es voto a favor de que sigas cruzando. Que cada vez que compre pan con ese dinero estoy diciendo: sí, Artemio, vale la pena el riesgo.

Lágrimas. Calladas. Bajando por mejillas sin sonido.

—Y lo peor no es ser cómplice. Lo peor es que quiero que cruces. Que necesito que cruces. Que cuando veo el vientre creciendo y pienso en parto que cuesta ochocientos soles que no tenemos, parte de mí desea que traigas mercadería.

Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.

—Entonces no somos diferentes de ellos. De los corruptos. De los que roban. Porque nosotros también elegimos. Elegimos dinero sobre ley. Elegimos futuro de Samuel sobre honestidad. Y elegir significa ser responsable.

Camina hacia Artemio. Se para frente a él.

—Pero vamos a poner reglas. Porque sin reglas esto nos destruye. ¿Escuchas?

—Escuchó.

—Regla uno: cruces solo dos veces al mes. No más. No importa si Justino ofrece más viajes. Dos veces. Punto.

—De acuerdo.

—Regla dos: si en algún cruce sientes peligro real regresas sin mercadería. Pierdes inversión, pero regresas vivo y libre. ¿Claro?

—Claro.

—Regla tres: este dinero es solo para necesidades básicas. Comida. Parto. Pañales. Nada de lujos. Nada que nos haga olvidar cómo conseguimos el dinero.

—Entendido.

—Y regla cuatro…

La voz se quiebra. Traga saliva.

—Cuando Samuel nazca y sea lo suficientemente grande para preguntar, le mentimos. Le decimos que trabajas en construcción. Que ganas bien. Que eres hombre honesto. Y mentimos tan bien que él nunca dude.

Pausa larga.

—Porque si él sabe la verdad, va a repetir. Va a pensar que está bien. Que cruzar frontera es trabajo normal. Y no lo es. No es normal. Es lo que hacemos porque no tenemos opción, pero no es normal y Samuel tiene que tener opciones que nosotros no tuvimos.

Artemio siente el pecho rompiéndose.

—Roxana…

Ella levanta la mano. Deteniéndolo.

—No hables. Solo prométeme.

—Te lo prometo.

—Júramelo. Por Samuel.

—Por Samuel.

Roxana lo abraza. Fuerte. El vientre de siete meses presionando contra el estómago de Artemio. Samuel entre ellos. Literalmente entre ellos. Hijo que todavía no nace siendo razón y testigo simultáneamente.

—No puedo perderte —susurra Roxana—. Si te pierdo, pierdo todo. Si vas a la cárcel, Samuel nace sin padre. Nace pobre pero además nace con vergüenza de llevar apellido de padre preso.

—Entiendo.

—Entonces tienes que ser inteligente. Tienes que parar antes de que sea tarde.

—Voy a parar.

—¿Cuándo?

Pregunta que Artemio no puede contestar porque «cuándo» requiere número específico y número específico requiere admitir que ya planeó cuántos cruces más.

—Pronto.

Respuesta vaga que ambos reconocen como mentira pero que ambos necesitan creer para poder dormir esta noche.

Roxana se separa. Respira profundo.

—Dame el bolso.

Artemio se lo da. Roxana lo pone debajo de la cama.

—Mañana vendes. Traes dinero. Lo guardamos en lata de leche Gloria. Y no hablamos más del tema.

—No hablamos más.

—Nunca más.

Mentira que ambos saben que es mentira pero que tiene que ser dicha.

Roxana se acuesta. Espalda hacia él. Mensaje claro: No quiero hablar más. Ya dijimos todo. Artemio se acuesta también. No duerme. Cuenta: setenta y cinco cartuchos a doce dólares menos gastos igual casi mil soles. Casi mes de salario en dieciséis horas. Suma que funciona. Suma que justifica. Suma que mata. Porque la aritmética ignora la variable más importante: costo de normalizar el crimen. Y el costo de normalizar el crimen se paga en cuotas pequeñas durante seis años hasta que las cuotas suman cárcel. Pero eso Artemio todavía no lo sabe.

Sábado. Mercado Internacional de Juliaca. Artemio instala el «puesto»: manta de plástico en el suelo con mercadería encima. Setenta y cinco cartuchos HP ordenados en filas de cinco. Cartel escrito a mano: CARTUCHOS HP 564XL — S/40. Primera hora: una venta. Señora con pollera que regatea hasta treinta y cinco. Artemio acepta porque la primera venta es importante psicológicamente. Final del día: trece ventas. Quinientos soles en el bolsillo. Domingo: ocho cartuchos más. Trescientos veinte soles. Lunes: seis. Doscientos cuarenta. Martes: cinco. Doscientos. Total, primera semana: mil cuatrocientos veinte soles. Menos quinientos de inversión que recupera. Igual novecientos veinte soles netos.

Casi lo que gana en mes completo cargando cemento. Y todavía le quedan treinta y seis cartuchos por vender.

Esa noche, cuando regresa a casa, Roxana está esperándolo sentada en la cama. Vela encendida a su lado. El vientre de siete meses descansa sobre sus piernas cruzadas.

—Dame el dinero —dice ella.

Artemio saca los billetes del bolsillo. Novecientos veinte soles arrugados. Olor a manos que los tocaron mil veces en el mercado. Roxana los toma. Los cuenta en voz alta. Despacio. Como enseñando a alguien invisible a contar.

—Cien. Doscientos. Trescientos. Cuatrocientos. Quinientos. Seiscientos. Setecientos. Ochocientos. Novecientos. Novecientos veinte.

Separa los billetes en dos pilas sobre la cama. Cuatrocientos sesenta a la izquierda. Cuatrocientos sesenta a la derecha.

—Esta pila —dice señalando la izquierda— es para tanque de agua. Para que Samuel no tenga que bañarse con balde cuando crezca.

—Esta pila —señala la derecha— es para colegio. Matrícula y mensualidades del primer año. Colegio Micaela Bastidas. Doscientos soles al mes.

Guarda los billetes en una lata de galletas Fortunato vacía. La misma donde antes guardaba botones de repuesto. Cierra la lata. La esconde en la alacena. Detrás de la bolsa de azúcar.

—Mañana voy a Ferretería La Unión —dice—. Voy a hablar con el señor Gutiérrez sobre el tanque. Voy a pagar trescientos soles de inicial. Y si pregunta de dónde saqué la plata, le voy a decir: «Mi esposo trabaja en construcción. Le va bien.»

—¿Y si no te cree?

—En Juliaca nadie pregunta dos veces de dónde viene el dinero. Todos saben. Y todos callan. Porque todos están en lo mismo. O conocen a alguien que está.

Apaga la vela. En la oscuridad, Artemio escucha su respiración. Tranquila. Sin culpa aparente. Y entiende que Roxana no está tolerando el contrabando. Está administrándolo. Como si fuera negocio legítimo que requiere contabilidad precisa. La diferencia entre legal e ilegal no está en el acto, sino en dónde se contabiliza. En libros oficiales con facturas y sellos. O en latas de galletas Fortunato escondidas detrás de bolsas de azúcar.

Dos semanas después viene el segundo cruce. Idéntico al primero. Misma ruta. Mismo barquero. Misma mordida. Pero diferente en un detalle crucial: Artemio ya no tiembla en el bote. Ya no duda al pagar la mordida. Ya no siente que está haciendo algo mal. Siente que está haciendo trabajo. El tercer cruce llega tres semanas después, el cuarto a las cuatro semanas porque Roxana pidió que esperara. El quinto tres semanas más tarde porque Roxana ya no pide. El sexto apenas dos semanas después, porque ahora Roxana pregunta «¿cuándo vas de nuevo?» en lugar de pedirle que no vaya.

Mientras Artemio cruza el río Desaguadero en el sexto viaje —cuatro de la mañana, agua turbia reflejando luna que apenas se ve— Roxana está en el mercado de Juliaca. Sábado. Diez de la mañana. Sol que quema en altura, pero aire que hiela. Compra tres kilos de pollo. No congelado. Fresco. Del que mataron hace dos horas. Noventa soles. Antes compraba dos kilos congelados. Sesenta. Ahora Samuel come más. Y hay plata para que coma más y mejor. Compra aceite en botella de vidrio. Marca Primor. El importado. El que tiene etiqueta en inglés. Veintiocho soles. Antes compraba aceite en bolsa plástica. Sin marca. Ocho soles.

La casera la mira. Doña Enriqueta. Sesenta años. Pelo canoso. Delantal manchado con sangre de pollo.

—Te va bien, mamita.

Roxana sonríe. Apenas. Mínimo gesto que no compromete.

—Mi esposo trabaja.

—Ya veo.

Silencio que dice todo sin decir nada. Doña Enriqueta guarda los billetes sin contarlos. Billetes limpios. Recién cambiados en casa de cambio de la esquina. Porque Artemio ahora cambia dólares en casa de cambio formal y paga comisión. Tres por ciento. Porque hay suficiente para pagar comisión y aun así ganar.

—Salúdame a tu esposo —dice doña Enriqueta.

—Claro.

Roxana camina hacia la salida del mercado. Bolsa de tela en mano izquierda. Pollo envuelto en papel periódico. Aceite en botella que pesa. Ve a tres mujeres que conoce del barrio. Justina. Mercedes. Yolanda. Esposas de hombres que «viajan a Bolivia». Que «traen mercadería». Que «hacen comercio». Nadie dice «contrabandista» en voz alta. Esa palabra no existe en el vocabulario público de Juliaca. Solo existe en comisarías y en cárceles.

Las tres mujeres llevan bolsas llenas. Pollo. Frutas. Pan integral que cuesta el doble del normal. Se cruzan en el pasillo central del mercado. Justina ve a Roxana. Roxana ve a Justina. Se saludan con la cabeza. Mínimo movimiento. Sin sonrisa. Sin palabras. Mercedes hace lo mismo. Yolanda también. Cuatro mujeres que se conocen. Que viven a tres cuadras una de otra. Que van a misa en San Juan todos los domingos. Que se saludan en la calle cuando hay testigos. Pero aquí, en el mercado, solo gestos. Porque hablar sería reconocer. Y reconocer sería romper el pacto. El pacto silencioso que sostiene a media ciudad. El pacto que dice: todos sabemos, nadie pregunta, todos callan, todos sobreviven.

Roxana sale del mercado. Camina tres cuadras. Llega a la casa amarilla. Tres pisos. Fachada pintada hace un mes con dinero del tercer cruce. Ya descascarándose en las esquinas. Samuel está en la ventana del segundo piso. Mirando hacia Terminal Sur.

—¿Qué cuentas, hijito? —pregunta Roxana desde abajo.

—Camiones, mamá. Diecisiete hasta ahora.

—¿Y cuántos van a pasar hoy?

—No sé. Pero ayer pasaron cuarenta y dos. Los conté todos.

Roxana sube las escaleras. Segundo piso. Dieciocho escalones. Los cuenta sin querer. Como Samuel cuenta camiones. Entra a la cocina. Cocina nueva. Tres hornillas. Mueble de melanina blanco. Comprado hace dos meses con dinero de culebra. Guarda las compras. Pollo en refrigeradora nueva. También comprada con dinero de culebra. Marca Coldex. Dos puertas. Mil ochocientos soles. Cuenta el dinero que sobró de las compras. Ciento veinte soles. Lo guarda en la lata Fortunato que ya no está en la alacena. Ahora está en el ropero del cuarto principal. Detrás de las sábanas. Abre la lata. Dentro hay trescientos ochenta soles de semanas anteriores. Más ciento veinte de hoy. Quinientos en total. Dinero ahorrado. Dinero que no se gastó. Dinero que existe por primera vez en la vida de Roxana. Porque antes no había qué ahorrar. Antes todo se gastaba en sobrevivir. Ahora sobrevivir cuesta menos. Y lo que sobra se puede guardar.

Roxana cierra la lata. Se sienta en la cama. Mira el techo. Techo sin goteras. Arreglado hace tres semanas con dinero del cuarto cruce. Piensa: ¿Cuándo es suficiente? No responde. Porque no sabe la respuesta. Porque suficiente no existe en Juliaca. Suficiente es palabra de gente que vive en ciudades donde el Estado funciona. Donde un profesor gana lo que dice su contrato sin retrasos de seis meses. Donde un albañil encuentra trabajo cuatro semanas al mes en vez de una. Donde la electricidad llega todos los días en vez de día sí día no. En Juliaca, suficiente es: mientras se pueda. Mientras no te agarren. Mientras Dios mire para otro lado. Y la policía también.

Roxana escucha a Samuel contando desde la ventana.

—Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco.

Piensa en Artemio cruzando el río en este momento. Bote de madera podrida. Agua turbia. Mordida de cincuenta soles al policía Gutiérrez. Piensa en los cuatrocientos dólares que va a traer esta noche. Y en las dos pilas que va a hacer con ese dinero. Una para la matrícula de Samuel en colegio San José. Mil cuatrocientos soles. Otra para terminar de pintar la casa completa. No solo fachada. Toda. Y piensa que tal vez el problema no es cuándo parar, sino qué tan profundo se puede entrar antes de que ya no haya salida.

Esa noche, Artemio regresa del sexto cruce. Ocho y media. Roxana lo espera sentada en la mesa de la cocina. Vela encendida, aunque hay luz eléctrica. Artemio deposita el bolso sobre la mesa. Lo abre. Roxana no pregunta qué trae. Ya lo sabe. Ropa. Siempre ropa.

—Mañana vendo —dice.

Artemio asiente. Se sienta frente a ella. Manos sobre la mesa. Reloj Casio pegado a muñeca con sudor seco.

—Vi a la qhaqña otra vez —dice.

Roxana lo mira.

—¿La misma del primer cruce?

—Creo que sí. O todas son iguales. No lo sé.

—¿Qué hizo?

—Nada. Solo miró. Desde abajo del agua. Mirándome.

Silencio.

—¿Tienes miedo? —pregunta Roxana.

Artemio piensa. Responde honesto.

—Ya no. El miedo se gastó en el primer cruce. Ahora solo es costumbre.

Roxana entiende que esa es la respuesta más peligrosa. No tener miedo. Solo costumbre. Porque el miedo mantiene alerta. La costumbre duerme. Y Juliaca devora a los que se duermen.

Y así continúan los cruces. Cruce tras cruce. Normalización tras normalización. Hasta que un día —cuatro meses después del primer cruce— Artemio se despierta y se da cuenta de que ya no se llama albañil que contrabandea. Se llama contrabandista que albañilea. Cambio semántico que define el futuro.

El noveno cruce llega en una noche sin luna. Cuatro de la mañana. Oscuridad total. Ni estrellas visibles por nubes bajas. Esteban —así se llama el barquero, Artemio ya lo sabe— rema sin motor. Silencio absoluto. Solo remos cortando el agua. Artemio mira abajo. Y la ve.

Qhaqña. Misma mujer del primer cruce. O diferente. Imposible saber. Pero esta vez está más cerca. A un metro del bote. No, a tres. No, a cinco. A uno. Artemio puede ver detalles que no vio antes. El pelo no es solo negro. Tiene reflejos. Verdes. Como alga que crece en piedras sumergidas. La piel no es pálida. Es gris. Gris de pescado muerto hace días. Con manchas oscuras en cuello y hombros. Los ojos no tienen pupilas. Solo blanco. Blanco turbio. Como agua con leche derramada.

Manos extendidas hacia arriba. Palmas abiertas. Pero ahora Artemio ve que las palmas tienen marcas. Líneas. Profundas. Como si alguien las hubiera cortado con navaja y dejado cicatrizar mal. La qhaqña no mueve la boca. Pero Artemio escucha la voz. No con los oídos. Con la cabeza. Dentro. Voz que dice: nueve.

Artemio toca la piedra de Puquina. La que su madre le dio. La que supuestamente protege. Pero la piedra está fría. Más fría que el aire. Más fría que el agua. Y Artemio entiende algo que no entendió en ocho cruces anteriores. La piedra no protege de la qhaqña. La piedra marca a los que cruzan. Para que la qhaqña los reconozca. Para que los cuente. Como Samuel cuenta camiones. Como Roxana cuenta dinero. Como Artemio cuenta cruces. La qhaqña también cuenta. Uno en enero. Dos en febrero. Nueve en julio. Cuenta hasta que el número sea suficiente. Suficiente para qué, Artemio no sabe. Pero siente que lo va a descubrir. Cuando la qhaqña deje de mirar y empiece a jalar.

El bote llega a la orilla boliviana. Artemio baja. Piernas temblando otra vez. Por primera vez desde el segundo cruce. Esteban lo mira. Raro. Como si notara algo.

—¿Estás bien, hermano?

Artemio no responde. Solo camina hacia el pueblo. Hacia Justino Apaza. Hacia la mercadería. Hacia la rutina que lo está llevando a algún lugar. Un lugar donde la qhaqña espera. Contando. Siempre contando.

Esa noche. Cuatro de la madrugada. Artemio no puede dormir. Va a la ventana. Separa la cortina. Afuera, Juliaca duerme. Pero en el horizonte, hacia Terminal Sur, luces amarillas se mueven. Camiones. Formación serpiente. Culebra. Cuarenta camiones saliendo hacia fronteras. Como salen todas las noches. Como salieron hace veinte años. Como van a salir en veinte años más.

Motor de Juliaca. Motor que no duerme. Motor ilegal que sostiene economía legal. Artemio mira luces moviéndose y entiende algo que no quería entender: que él ya es parte de esa culebra. Que el noveno cruce lo convirtió en eslabón. Que eslabón de culebra no decide dirección de culebra. Y culebra va a Yura. Como siempre fue. Como siempre será.

Siente por primera vez algo que va a sentir con más intensidad en cada cruce siguiente: miedo. No miedo de ser atrapado. Miedo de no poder parar. Miedo de que «dos cruces al mes» ya sea mentira. Miedo de que la promesa a Roxana ya esté rota. Miedo de que Samuel vaya a crecer con padre que cruza fronteras hasta que la frontera lo cruce a él. Miedo de que madre tenía razón. Miedo de que la qhaqña no era alucinación. Miedo de que el barquero sabía. Miedo de que uywanak sipansa era profecía que está cumpliéndose.

 

El que cría serpientes, la serpiente lo cría.
Y Artemio acaba de alimentar serpiente nueve veces.
Y la serpiente tiene hambre.

 

Artemio cierra ojos. En oscuridad detrás de párpados, ve agua. Agua turbia del río Desaguadero. Y en profundidad, rostro. Qhaqña. Pero ahora el rostro es más claro. Ahora puede ver detalles: pelo largo flotando, ojos sin pupilas, sonrisa con diente faltante. Y algo nuevo: manos. Manos extendiéndose desde la profundidad. Manos que no invitan. Manos que jalan. Hacia abajo. Hacia donde los ahogados esperan. Hacia donde hombres que cruzaron demasiadas veces terminan.

Abre ojos. Respiración acelerada. Sudor helado. Toca el bolsillo del pantalón. Busca la piedra de Puquina. La encuentra. Todavía ahí. Fría. Akax chhijjxatasktwa. Esto te protegerá. O: Akax chhijjxaraskitwa. Esto te marcará. Artemio finalmente entiende que madre nunca aclaró cuál porque la piedra hace ambas cosas. Te protege mientras te marca. Te marca mientras te protege. Y la marca que la protección deja es más profunda que la protección misma. Porque la protección es temporal. Pero la marca es permanente.

Y Artemio ya está marcado. Marcado por el primer cruce que pensó que era único. Marcado por el noveno cruce que ya no necesita justificación porque ya es hábito. Marcado como madre fue marcada. Como padre fue marcado. Como todos en Juliaca están marcados. Marca de nacer en lugar donde la única opción de ascenso es cruzar línea que no deberías cruzar. Y una vez cruzas, la línea te cruza de vuelta. Y cruzarte de vuelta significa que ya no perteneces ni al lado legal ni al lado ilegal. Perteneces al intermedio. A la frontera. Al lugar donde la qhaqña espera.

Artemio vuelve a la cama.

Roxana duerme sin soñar. O soñando sueños que no comparte.

Él se acuesta a su lado, pero ya no pertenece del todo a ese cuarto.

Mira el techo.

Las grietas forman un mapa.

No un mapa de regreso.

Un mapa de ruta. Juliaca. Desaguadero. La Paz. Otra vez Juliaca. Y más allá, todavía invisible, Yura.

La piedra de Puquina permanece en su bolsillo. Fría. Pequeña. Exacta.

Akax chhijjxatasktwa.

Esto te protegerá.

O quizá: Akax chhijjxaraskitwa. Esto te marcará.

 

Artemio cierra los ojos.

Por primera vez entiende que su madre no se equivocó.

La piedra hace ambas cosas.

Lo protege mientras lo marca.

Lo marca mientras lo protege.

Y la marca que deja una protección es siempre más profunda que la herida.

 

Afuera, Terminal Sur ruge.

Camiones salen hacia la frontera.

Uno.

Tres.

Siete.

Diez.

Artemio intenta no contarlos.

No puede.

Porque la culebra ya entró en él.

Y lo que entra una vez, si encuentra hambre, siempre vuelve.

 

  ―――    ――― 

 

 

Sergio Esteban Flores Pinazo · Quipu Andino

Literatura Contemporánea Peruana · Avance Exclusivo · 2026

 

 

F I N   D E L   A C T O   I

 

 


 

 

¿Prefieres leer en otro formato?

Puedes descargar este cuento o leerlo en la plataforma oficial en su versión web o documento:


Visitar Catálogo Completo 📚