LA CULEBRA - PROLOGO


 


 

 

P  R  Ó  L  O  G  O

 

LA CULEBRA

Una novela sobre contrabando, lealtad y el precio de soñar demasiado alto.

 

 

“En la frontera, todos venden algo.

Algunos venden mercancía. Otros venden lealtad.

Y algunos venden a quienes alguna vez llamaron hermanos.”

SERGIO ESTEBAN FLORES PINAZO

Q U I P U   A N D I N O

Literatura Contemporánea Peruana

 

Avance exclusivo · No para distribución comercial


 


LA CULEBRA

 

PRÓLOGO

 

 

Yura, 2005

Sergio Esteban Flores Pinazo

  ―――    ――― 

 

El sol de Yura cae vertical sobre el asfalto y Artemio Puma entiende, con una claridad que jamás tuvo en treinta y dos viajes anteriores, que la libertad pesa exactamente lo que pesan unas esposas de acero inoxidable fabricadas en Taiwán y compradas por el Estado peruano a sobreprecio en una licitación del año noventa y seis —esposas que cortan la muñeca izquierda no dramáticamente, solo lo suficiente para recordarle que el cuerpo tiene límites que la ambición ignoró durante seis años.

El calor es seco, brutal. Las manos esposadas a la espalda tiemblan —temblor mínimo que espera que los policías no noten, que Edgar no vea, que nadie registre como evidencia de que el hombre que cruzo fronteras treinta y dos veces sin caer finalmente se está quebrando por dentro.

Los tres patrulleros están estacionados en formación de emboscada. Dos de la Policía Nacional —una camioneta Nissan con la sirena rota y un patrullero Toyota con el parachoques soldado—, uno de SUNAT —una 4x4 Mitsubishi con aire acondicionado que ronronea como animal satisfecho—. Detrás de ellos, el contenedor MAERSK. Azul oxidado. Veinte pies. Candado violado. Puertas abiertas de par en par como boca de ballena muerta.

Artemio está de pie junto al patrullero, esposado, vistiendo su mejor mentira: camisa blanca Hugo Boss —falsa, treinta soles— pegada a la espalda con dos lunas de sudor. Pantalón gris Zara, también falso, cuarenta soles. Solo los zapatos Guante son originales: trescientos ochenta soles, genuinos, comprados con dinero de culebra del mes pasado cuando todavía creía que lo falso podía sostener lo real si se visita suficientemente bien.

Las esposas le cortan más fuerte. El metal encuentra cada vez el mismo surco en la piel, cavando su propia memoria en la carne. Como si el cuerpo aprendiera, repetición tras repetición, que algunos errores no se olvidan: se graban.

Cinco agentes descargan el contenedor. El sonido es rítmico, mecánico, implacable: caja golpea asfalto —pausa dos segundos— siguiente caja —pausa—. Como funeral. Como campana doblando por muerto que todavía respira.

Artemio cuenta sin querer. Uno. Cinco. Doce. Treinta y siete. Como se cuentan muertos en accidente que no termina.

SONY. SAMSUNG. HP. EPSON.

Cada logotipo es mentira fabricada en Shenzhen por dólar la hora. Pero la mentira construyo su casa de tres pisos. Vistió a Samuel. Le dio tres años de cama de plaza y media antes de esto: patrullero con motor encendido esperando para llevarlo a comisaria donde firmara acta que convierte ambición en antecedente penal.

Un agente de SUNAT —barriga que habla de almuerzos del Estado— se acerca con una tableta.

—¿Cuánto declaraste en el DUA?

La boca de Artemio sabe a cobre.

—Ocho mil dólares.

El agente sonríe sin humor.

—Hay doscientos treinta mil dólares ahí dentro. Mínimo.

Artemio no responde. ¿Qué puede decir? Que mezcló treinta por ciento de mercadería declarada con setenta por ciento sin declarar porque creía que podía tener lo mejor de ambos mundos: la ganancia del contrabando y la tranquilidad de la legalidad. Pero los mundos no se mezclan. Eso lo está aprendiendo ahora, bajo el sol que quema, pero no tanto como el frío de Juliaca quemaba aquella madrugada de febrero, seis años atrás, cuando todo comenzó.

 

  ―――    ――― 

 

Un cóndor sobrevuela el retén. Alas enormes, negras, inmóviles contra el cielo vacío. Artemio lo mira y la voz de su madre regresa desde un hospital de Omate donde el olor a muerte ya impregnaba las sabanas:

“Los cóndores llevan las almas al otro lado.” Ahora lo sabe: al otro lado de uno mismo.

Una camioneta Toyota gris levanta polvo en la distancia —polvo rojo que brilla como sangre seca bajo sol vertical de mediodía—. Motor diésel tose acercándose. Artemio conoce ese motor. Lo escuchó cien veces entrando a almacenes clandestinos en madrugadas de culebra.

La camioneta se detiene a veinte metros exactos. Ni lejos ni cerca. Distancia calculada con precisión de cirujano: distancia de ex hermano que viene a confirmar que el bisturí entro limpio.

Baja un hombre con saco sport beige, corbata aflojada. Edgar Vilca. Treinta y ocho años que parecen treinta hasta que miras los ojos: ahí viven los cincuenta que le costó sobrevivir veinte años en esto.

Camina con las manos en los bolsillos. Paso lento. Ni apurado ni reacio. Paso de hombre que hace trabajo necesario que odia pero que no puede delegar. Artemio reconoce el caminar —lo vio mil veces en cruces nocturnos—, reconoce la postura de hombros levemente caídos bajo peso invisible, reconoce al hombre que lo crio en este negocio y que ahora viene a verlo morir en él.

El estómago se le aprieta como puño.

Edgar camina hacia el contenedor. Saluda con un gesto a uno de los policías —familiaridad que Artemio nota pero que todavía no procesa, porque procesar seria admitir—. Se detiene a tres metros del contenedor, mirando los logos SONY impresos en las cajas como si leyera epitafio.

—Artemio.

Una palabra. Solo su nombre. Pero en el tono hay algo que Artemio reconoce: no es sorpresa de encontrarlo esposado. Es confirmación de que el plan funcionó.

El estómago se le cierra más.

—¿Fuiste tú?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla. Antes de que pueda prepararse para la respuesta que ya conoce pero que todavía niega, porque negar es lo último que le queda antes de que verdad se vuelva irreversible.

Edgar no voltea. Solo mira al horizonte donde el Misti se recorta blanco contra azul de cielo que no tiene nubes porque en Yura ni las nubes se quedan. Volcán que ha visto esta escena mil veces desde que los españoles trajeron la traición como tecnología importada: hombre entregando a hombre con lógica que suena razonable hasta el momento exacto en que no lo es.

Silencio. Cinco segundos que se estiran como años.

—Artemio… —La voz sale ronca. Carraspea—. Tu querías ser diferente.

Pausa. Viento levanta polvo entre ellos.

—Pero Juliaca no deja a nadie ser diferente.

—¿Que tiene que ver Juliaca con esto? —La voz de Artemio sale más fuerte de lo que quiere. Las esposas tintinean cuando las manos intentan gesticular y no pueden—. Esto fue el chino. Fue el contenedor. Fue…

—Todo. —Edgar lo interrumpe. Ahora sí lo mira. Ojos sin lágrimas todavía, pero húmedos en los bordes—. Tiene que ver con todo.

Saca un cigarrillo del bolsillo. Hamilton. No lo enciende. Solo lo sostiene entre los dedos índice y medio como rosario.

—Si todos empiezan a importar legal, el sistema se cae. Las culebras se mueren. Los hermanos se mueren.

Su voz se quiebra en la última palabra. Apenas. Quiebre mínimo que solo alguien que conoce a Edgar veinte años puede notar. Artemio lo nota.

—Yo me muero. —Edgar dice esto último mirando el cigarrillo en vez de a Artemio.

—¿Cuánto te pagaron?

Edgar niega con la cabeza.

—Nada. Solo llame al contacto indicado. El resto se hizo solo.

Silencio. El viento arrastra polvo fino que se pega en los labios.

—¿Sabes que es lo peor? —Edgar levanta la vista—. Que yo te aprecio, hermano. De verdad. Pero Juliaca es más grande que tú y que yo. Juliaca permanece. Y nosotros tenemos que asegurarnos de que siga siendo lo que es.

—¿Y qué es?

Edgar lo mira largo rato.

—Un lugar donde las reglas oficiales no funcionan. Donde sobrevivimos porque el Estado nos abandonó hace décadas. Tu querías volver al Estado. Querías pagar impuestos. —Hace una pausa—. Y eso, hermano, es traición.

 

  ―――    ――― 

 

Artemio cierra los ojos. El calor es insoportable pero dentro de su cabeza hace frío, el frío de Juliaca, el frío de aquella mañana cuando despertó con cuatrocientos cincuenta soles en el bolsillo y una decisión que tomar.

Cuatrocientos cincuenta soles. Eso fue todo lo que necesito para empezar. Y para terminar aquí.

Edgar da media vuelta. No se despide. La camioneta desaparece en dirección a Arequipa levantando una cortina de polvo rojo que se queda suspendida en el aire como presagio que nadie sabe leer.

Los agentes terminan el inventario. Un suboficial —bigote recortado, expresión de quien preferiría estar en su casa— se acerca con la tableta.

—Firma aquí. Es el acta de incautación.

Le muestra la pantalla. Artemio mira el documento. En el membrete está el escudo nacional: cóndor con alas extendidas sobre vicuña, sobre árbol de quina, sobre cuerno de abundancia derramando riqueza que nunca llego a Juliaca.

 

SUPERINTENDENCIA NACIONAL DE ADUANAS Y ADMINISTRACION TRIBUTARIA

ACTA DE INCAUTACION Y DECOMISO

 

El suboficial le quita las esposas.

Clic metálico. Liberación que no libera.

Las muñecas arden —no de fricción sino de comprensión: esto recién empieza. El metal dejó marca: dos líneas rojas paralelas como ecuaciones que nunca resolvió correctamente. Se frota con cuidado, movimiento circular de pulgar sobre piel lastimada, como si pudiera borrar no las marcas sino los seis años que llevaron a ellas.

Le dan el sutiles. Objeto minúsculo. Plástico negro. Diez gramos según especificación técnica que nadie lee. Pero en mano de Artemio —mano de hombre que nació en Puquina donde la tecnología más avanzada era radio a pilas— pesa toneladas. Pesa la distancia entre el niño que jugaba con piedras en calles de tierra y el hombre que ahora sostiene instrumento del siglo veintiuno para firmar su propia sentencia.

La pantalla brilla bajo sol de mediodía con brillo que lastima retinas. Brillo de ciudad. Brillo que no existe en Puquina donde nació hace treinta y dos años.

En algún lugar de su memoria, Samuel está desayunando. Ahora mismo. En este segundo exacto mientras Artemio sostiene stylus. Pan con mantequilla. Uniforme de colegio privado San Francisco de Asís —trescientos cincuenta soles mensuales que ya no podrá pagar—. Preguntando a Roxana: “¿A qué hora llega papa?”

El sutiles tiembla en su mano.

La matemática es bisturí sin anestesia:

Treinta por ciento de doscientos treinta mil son sesenta y nueve mil. Sesenta y nueve mil soles que hace tres meses le dolía pagar como si fueran riñón arrancado en vivo. Sesenta y nueve mil que Chen Wei le sugirió “ahorrar” con sonrisa de quien sabe que ahorrar es eufemismo de defraudar.

Entiende ahora —tarde, demasiado tarde, con claridad que llega cuando ya no sirve— que codicia no es querer más. Codicia es creer que puedes tener todo sin pagar precio. Que mundos se mezclan. Que legal e ilegal pueden convivir como aceite y agua en botella agitada, suspendidos brevemente en emulsión imposible antes de separarse.

 

  ―――    ――― 

 

Acerca el stylus a la pantalla. Respira hondo. Última respiración de hombre libre antes de firmar.

Stylus toca pantalla. Fricción mínima. Digital. Fría. Consecuencia irreversible.

Traza la A. Temblorosa como pulso de moribundo. Línea que debería ser vertical, pero sale inclinada cinco grados a la derecha. Inclinación de hombre que nació escribiendo en cuadernos baratos sobre rodilla, no en pantallas táctiles sobre escritorios.

Continúa: r-t-e-m-i-o. Cada letra es año perdido. Cada trazo es decisión que no puede deshacer. La “r” se arrastra como herida abierta. La “t” se para vertical pero vacilante. La “e” es círculo imperfecto. La “m” tiene dos picos desiguales. La “i” con punto que parece lagrima. La “o” que no cierra completo.

Traza: P-u-m-a. Apellido que su madre le dio con orgullo en Puquina cuando creía que los hijos podían ser diferentes a los padres. Apellido quechua en documento español firmado con tecnología china para admitir delito peruano. Círculo completo de colonización que nunca termino, solo cambio de forma.

Artemio Puma

Casi ilegible. Parece firma de otra persona. De hombre que ya no existe. De hombre que murió en Yura a las tres de la tarde del día de hoy mientras stylus trazaba su nombre.

El suboficial toma la tableta. Revisa firma. Asiente.

—Gracias. El acta queda registrada.

Voz monótona. Voz de protocolo cumplido.

—¿Algo que declarar?

Es fórmula. Protocolo. Nadie espera respuesta significativa.

Artemio mira el Misti a lo lejos. El volcán blanco, inmutable, testigo de todo y nada.

—Si —dice—. Que mi hijo no haga lo que yo hice.

 

  ―――    ――― 

 

Lo conducen a la parte trasera de la camioneta Nissan. Interior de metal, olor a orines viejos, ventanas con rejas. Antes de que cierren la puerta, mira una última vez el desierto de Yura:

Desierto blanco que brilla como sal derramada sobre mesa infinita. Cielo azul sin nubes, sin piedad, sin misericordia. Cóndor aun girando en círculos pacientes como verdugo eterno. Volcán Misti blanco e inmutable testigo de mil caídas idénticas. Contenedor azul con boca abierta como ballena que devoro y espera más.

La puerta se cierra. Metal contra metal. Clic de cerradura.

Yura queda atrás. Y con Yura queda atrás el hombre que Artemio Puma fue durante seis años.

 

  ―――    ――― 

 

Pero esa historia empieza mucho antes.

Empieza con frío.

Empieza una madrugada de febrero del año dos mil, cuando un joven de veinticuatro años despertó con el frío de Juliaca dentro de los huesos y cuatrocientos cincuenta soles en el bolsillo que al tipo de cambio del día eran exactamente ciento veintisiete dólares con ochenta y cuatro centavos. Insuficientes para todo. Suficientes para empezar.

Frío que nunca se fue, aunque compro calefacción. Frío que no es de altiplano sino de dentro. Frío de no tener. Frío de querer. Frío de decidir que existía atajo cuando su madre moribunda había advertido:

“Los atajos siempre terminan en precipicio, hijo.”

Empieza cuando Artemio Puma cruzo la frontera. No la frontera oficial de Desaguadero con guardias y banderas y sellos. La otra frontera. La invisible. La que separa quien eras de quien serás.

Empieza cuando el frío de Juliaca entro por primera vez en los huesos de Artemio Puma.

 

El frío de Juliaca no se quita con plata. Se quita con tiempo. Con años. Con pagar completo. Con volver a empezar desde cero después de haber tenido todo y perderlo.

 

Y nunca, nunca, nunca se fue.

  ―――    ――― 

 

F I N   D E L   P R Ó L O G O

 

Sergio Esteban Flores Pinazo · Quipu Andino

Literatura Contemporánea Peruana · Avance Exclusivo · 2025


 

¿Prefieres leer en otro formato?

Puedes descargar este cuento o leerlo en la plataforma oficial en su versión web o documento:


Visitar Catálogo Completo 📚